TIPOS DE CLIENTES CON LOS QUE LOS EMPRENDEDORES TROPEZAMOS
/TIPOS DE CLIENTES CON LOS QUE LOS EMPRENDEDORES TROPEZAMOS
¿Con cuántos tipos de clientes potenciales te has cruzado por el camino? Seguro que nada más leer esto, te entra la risa y algún que otro suspiro de alivio/resquemor/hartazgo. Esto no me lo invento, lo sé porque fue un tema del que he hablado con muchos emprendedores de distintos ámbitos. Por eso he decidido elaborar una lista con los distintos tipos de clientes con los que los emprendedores tropezamos asiduamente. Allá van:
Cliente ghost. Sabemos que está de moda el hacer ghosting en tus citas. Si has tenido la suerte de no sufrirlo, te lo explico rápidamente. El ghosting supone desaparecer de la vida de otra persona sin comunicárselo. Imagínate que has tenido un par de citas con un tio. Todo va bien, hasta que decides contárselo ilusionada a tus amigas y él, como si te hubiese escuchado y fuese el mismísimo Murphy aplicando la ley, te bloquea en las redes, no te contesta a los whatsaps y si le llamas, te conviertes oficialmente en una neurótica obsesivo-dependiente del amor. Se ha esfumado. Es Casper. Nunca ha existido. O quizás murió en un accidente de bici mientras iba a tu encuentro para gritarte que estaba completamente enamorado de ti. Bah, no flipes, esto sólo pasa en el Diario de Noah.
Ahora traslada ese concepto al trabajo: ghosting laboral. Un cliente molón te escribe un email comentando lo mucho que le gusta tu trabajo. Tú te sientes halagada no sólo en el plano emocional. Si no también en el económico. Porque para qué engañarnos, hace demasiado que te estás preguntando si tienes algún talento real. Tu cartera de clientes es tan pésima que no sabes ya si realmente eres buena en lo que haces o simplemente le has cogido el gusto a esto de ser moderna y decirle a la gente que eres freelance. El caso es que la relación parece afianzarse. Intercambiáis varios emails y el tema se pone caliente. Parece que va a aceptar el presupuesto más caro que le has ofrecido. Hasta el chichi te hace palmitas de la emosió de imaginarte en un catamarán en verano brindando con tus coleguis por el currazo que te ha abierto las puertas al mundo de ser influencer y molar más que nadie. Pero de repente, una bola del desierto — concepto mayormente conocido por los concursantes de Pasapalabra como estepicursor — cruza dramáticamente tu bandeja de entrada durante largas jornadas laborales. Tu potencial cliente, en el que depositaste todas tus alegrías y facturas, ha dejado de subir contenido a la carpeta de Pinterest que le compartiste para crear un moodboard. Se ha esfumado. Es Casper. Nunca ha existido. O quizás está demasiado ocupado rechazando a otras marcas que no le apasionan tanto como la tuya y de ahí su retraso en contestar. Bah, no flipes, esto sólo pasa en la vida de las influencers que están sudando la gota gorda aprendiendo la coreografía de moda en Tiktok.
Cliente tóxico. Todos hemos tenido una pareja de quien nuestras coleguis no recuerdan ni su nombre porque lo sustituiste por “ex tóxico”. Sí, ese típico amor que llega y arrasa con todo. Que te mira a los ojos y automáticamente se te caen las bragas, que hace que en vez de caminar, vayas dando saltitos por la vida como una princesa de Disney: grácil y perfecta. Pero después de demasiadas lunas llenas hinchándote a miel, te empalagas y te vas dando cuenta de que el tipo es un tanto psicópata y se enfada sin sentido, te comenta que esa falda es demasiado corta o que tu BFF está demasiado presente en tu vida. Adiós amor. Hola veneno.
Pues como en el amor, desgraciadamente en el trabajo también ocurre. Te presento a ese cliente con el que en un primer instante todo fluyó mágicamente. Casi casi podíais escuchar a Bruce Lee susurrando: Be water my friend, mientras os mirabais cómplices y os confesabais: “qué fácil y divertido es trabajar contigo”. Fueron meses increíbles, donde intercambiabais cervezas post curro y audios de resacas culpabilizándoos la una a la otra, entre risas, por haber pedido otra ronda. Pero poco a poco, una nube oscura se fue cerniendo sobre vuestros tejados y comenzaron los comentarios de: “es que este diseño no está muy currado” y a ti te llevaban los demonios porque te habías pasado toda la noche realizando los cambios que te pidió. Y así, van surgiendo rencores que tú los vas dejando pasar porque joder, hay que ser water y fluir. Pero no contabas con que el agua puede ser tsunami también y una noche cervezas post curro, os envalentonáis, y os empezáis a gritar todo lo que no os gusta de la otra. Y el tsunami arrasa con Bruce Lee y sus primogénitos hasta llegar a vuestros linajes familiares. Adiós cliente top, hola sequía económica.
Cliente DIY. Todas nos hemos enamorado alguna vez de un leñador. Si no ha sido en la vida real, en la fantasía sí. Es el típico hombre maravilla que sabe arreglar todos los desperfectos y a ti las pupilas se te ponen a bailar cuando lo ves manos a la obra. Una vez pasado ese efecto, te vas dando cuenta de que arreglar, arregla todo. Pero no te deja ayudarle, es controlador y para rematar, estéticamente no acierta en nada. Le dices: oye quizás deberíamos arreglar la escalera que se ha caído un trozo de peldaño. Y él, en vez de dedicarle amor y hacerlo bonito, pone un pegote de cemento. Poco a poco te va rompiendo el corazón y la paciencia. Hasta que un día dices: chao melón. Y él se queda con carita de perro pachón sin entender por qué te vas.
En el trabajo, este perfil es el típico cliente que parece que te va a facilitar mucho la vida porque, aparentemente, sabe de todo. Te dirá que comprende cómo trabajas y el esfuerzo que inviertes en todo el proceso. Cuando le enseñes las fotos de producto que te encargó, te va a decir que son geniales. Pero… Al día siguiente te pedirá los archivos originales. Quiere editar las fotos él porque se hizo un curso de Lightroom y claro, ya lo sabe todo. Su ego le impide delegar tareas y eso reventará tu libertad y terminarás pidiéndole sutilmente que se vaya a hacer sus pinitos a Pinterest donde todo está lleno de grandes expertos en el Do It Yourself.
Cliente famous. En el insti estaba el típico chaval un par de años mayor que seguramente jugaba al fútbol, tenía el culito apretao, pelaso y un carisma que arrasaba. En nuestras agendas a veces dibujábamos secretamente su inicial mientras nos imaginábamos chocando con él por los pasillos. Los apuntes de biología salían volando y al recogerlos, nuestras manos se rozaban, llovían unicornios y el arco iris montaba una party en el cielo — veíamos Dawson Crece, con qué esperabas que fantaseáramos—. Pero eso nunca ocurría y nos conformábamos con cruzar miradas con él o reírnos de sus gracias sin gracia. Vamos, que nos consolábamos con las migajas de su existencia. Menos mal que luego una crece y se da cuenta de lo absurdos que eran todos sus encantos y del terrible síndrome de idealizar al que toda mujer joven está condenada.
El cliente famous en la vida laboral no juega a fútbol pero sí a ser influencer de su barrio. Te intenta captar desprendiendo carisma barato y te promete que si trabajas con él, se te van a disparar los trabajos y vas a ser famous del pueblo como él en cuanto le entregues tu trabajo bien hecho a bajo precio. Te hace sentir especial comentándote que sólo quiere trabajar contigo porque le encanta lo que haces.
Huye rápido. Su éxito es como la espuma de las cervezas que sirven en la Latina, que llenan medio vaso pero no sirven más que para que se te hinche la tripilla de pedetes.
Cliente PAS. Las Personas Altamente Sensibles son aquellas que, según una web que acabo de encontrar, procensan toda la información recibida de una manera intensa y profunda. Se emocionan con facilidad ante un sinfín de situaciones y cosas que le tocan el alma por su belleza y pureza. Vamos, que son intensos a más no poder.
En el amor, los podríamos definir como aquellos seres que te miran como si te estuviesen escarbando en el alma o que, para darte los buenos días por whatsapp, te escriben poemas como si fuesen el mismísimo Neruda, o que publican cuánto te aman en las redes sociales. A algunas supongo que esto os encantará, y a otras, como a mí, os hará arrepentiros de no haber hecho running en vuestra vida porque querréis escapar muy lejos pero enseguida os entrará el flato.
Este será el cliente fan a muerte de lo que haces. Todo le encanta, tú le flipas y pone tu trabajo sobre un pedestal al nivel de genios como Einstein. En un primer momento, mola porque te sube el ego hasta el trono sobre el que Dios descansa, pero ya sabemos que, cuanto más alto, más posibilidades tienes de matarte al caer. Trabajas para él con mucho nerviosismo e inseguridades porque espera que tu trabajo esté al nivel de la Capilla Sixtina de Michelangelo.
Lo das todo de ti y al final, es el cliente más agradecido del mundo. En realidad, es el mejor cliente del mundo pero ou mamma te ha absorbido toda la energía y necesitas reposo de una semana viendo Friends en cama.
Estaría genial crear un club de emprendedores anónimos donde pudiésemos desahogar nuestras penas con los clientes sin miedo a ser juzgados. Una especie de terapia para calmar nuestras ansias de matar cuando escuchamos la típica frase de: el cliente siempre tiene la razón.
Y a ti, ¿se te ocurre algún otro tipo de cliente que añadir a mi lista negra?